Las tejedoras


– de Cecilia Labate –

Todas las mujeres de mi familia tejían cuando yo era adolescente, hasta mi hermana y algunas primas que sólo me llevan unos años.

Recuerdo los domingos de invierno en la casa de mi abuela Elena, cuando por la tarde, ella, mi madre y mis cinco tías tomaban sus tejidos y comenzaban lentamente a preparar las agujas casi cumpliendo con un ritual.  Se ubicaban, sin decir nada, en el fondo del quincho, alrededor de una mesa larga hecha de tablones y caballetes. Cuando comenzaba cada una su labor, parecían una especie de sociedad rítmica y tintineante.

Yo me sentaba más lejos y apoyaba mis brazos uno arriba del otro sobre la mesa, para recostar mi cabeza y mirar en dirección al amalgamado grupo de tejedoras. Observaba desde esa distancia los movimientos que se realizan al tejer y la coreográfica danza del conjunto.

Todas, alternativamente, y a su tiempo, miraban sus lanas zigzagueando entre sus agujas con las cabezas inclinadas hacia abajo.

Cuando querían decir algo, alzaban la vista, porque la actividad se encontraba armónicamente con palabras que iban y venían, de una a otra, entrelazándose como los hilos en sus agujetas.

Al finalizar una vuelta intercambiaban las agujas de brazo, como quien mueve el carro de una máquina de escribir y con el mismo ritmo empujaban los puntos de sus tejidos hacia atrás.

Yo observaba, no sin interrogarme, acerca del porqué no estaba yo ahí formando parte de esa colectividad danzante y conversadora. El ritmo, cuando por instantes nadie hablaba, parecía frenético, pero a ellas, aún sin hablar, las unía el incesante recorrido de la lana.

Junto al entramado de saquitos y mantillas y la cantidad de palabras entrecruzadas en esos encuentros, se tejía algo más: los deseos que debieron relegar esas mujeres, para cumplir con el rol de cuidar de otros. Esa era la otra trama.

En el andar de sus dedos formando distintos puntos, se desenredaban de sus bocas los hastíos, las culpas, las exigencias y también algunas tristezas. La carga de aquello que debían cumplir: ese modo de ser mujer, ese plan urdido por personas aún sin rostro, invisibles.

Se escurrían palabras de lo que cada una hacía cotidianamente y también, de lo que no habían llegado a ser, cada una, en su vida. La fuerza y la precisión en la lazada de cada punto relajaba las lenguas dejando a sus más profundos anhelos caminar por una cornisa. Desde ahí, se precipitaban al vacío y expresaban mucho más de lo que se atrevían a decirse a sí mismas.

Tejían sus deseos porque se habían destejido de sus sueños. Tejían sus sueños para no dejarlos escapar.

Las mujeres de mi familia, al fin y al cabo, tejían en las invernales tardes de domingo, alrededor de una mesa hecha de tablones y caballetes, abrigos coloridos para todos, pero en lo más secreto, eran enormes mantas para ellas.

Esos deseos de las mujeres de mi familia que no pudieron ser, se tejieron con las lanas formando una red en la cual pudimos apoyarnos las más jóvenes y así construir nuestros propios destinos.

Siempre, aunque las he juzgado, les estaré agradecida.

5 comentarios sobre “Las tejedoras

  1. Adorable texto… quedan sus deseos en las mantas que tejieron para ellas mientras tejían para los demás… es fabuloso este texto, me parece estar viendo a esas tejedoras y entender esa danza armónica de sus agujas!

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