Sin corazoncitos ni florcitas

-de Rosa Goldenberg –

Querida Irene:

Estoy harta de charlas rebuscadas, prefiero escribirte. ¿Querés decirme que te pasa y listo? No tengo mucha paciencia para escucharte, la verdad. Quizás esto sea solo el resultado natural de todas esas cosas que hace tiempo siento que me separan de vos. Estuve pensando que la cuarentena trae resoluciones. Bárbaro. No nos hablemos más y chau.

No entiendo esa amabilidad de mandarme un whatsapp para mi cumpleaños. Sin corazoncitos, sin florcitas, nada. Ni un mísero signo de admiración. Tu máxima señal de afecto fue decirme Ro. ¡Menos mal! Ya si me decías Rosa hubiera sido una declaración de guerra. Hubiera preferido que no me mandaras nada y así dejaras asentado que te pasa algo, que realmente te jodió mucho algo que hice o dije. ¿Fue porque cuando salíamos a caminar me sacaba el barbijo? Me hubieras dicho. Tanto lío hubiera sido decir: “mirá, me sentí incómoda con vos sacándote el barbijo cada dos por tres”. O lo que sea. 

Capaz que estoy pensando cualquiera y ni siquiera pasa por ahí la cosa. Estoy podrida de andar adivinando lo que te pasa para evitar provocarte tensión. Ahora viene tu cumpleaños. Creo que no voy a saludarte. Que se nos haga más difícil remontar la amistad. Que se nos haga muy difícil. ¿Para qué sirven las transacciones de afecto? O hablamos bien o no hablamos nada. ¿Estas esperando que termine la cuarentena para decirme “¿Rosa, querés que vayamos a tomar un cafecito”? ¿Estas esperando que te pida disculpas por algo que ni siquiera sé que es? Y además, si fuera lo que pienso, me parece que no tiene ni pies ni cabeza. Tus tensiones políticas me cansan. Ya te dije, yo también lo voté a Alberto y ¿qué tiene? ¿No puedo pensar por mi cuenta? ¿Todo lo que diga el presi me tiene que parecer bien? Además, ¿no podríamos pensar de manera diferente y que eso no termine en este vacío que me estás haciendo? La nueva: te hacés la boluda y me tratás con una indiferencia glacial.  ¿Que por qué no te llamo yo? ¿que por qué no te pregunto yo qué te pasa? Porque no se me canta el tujes, por eso. Porque me quiero pelear. Por eso. Porque quiero ir a fondo, te la quiero hacer difícil. 

Que sufras, que te vuelvas a comer las uñas. Que no puedas dormir. Hablalo con tu hija a ver qué te aconseja. Pedile una sesión extra a tu psicóloga. Andá, quédate con tu grupito de amigas de la sindical. ¿Te bajan línea para saber qué tenés que pensar, qué tenés que contestar? Yo lo hablé con mi hija y ella me dijo que obvio que te quedaste mal cuando yo empecé con las teorías conspiranoides. Y después la embarré, cuando al día siguiente de nuestra última conversación, donde vos no entendías por qué yo decía que estaba muy confundida, te mandé un texto largo que había recibido de una cadena de whatsapp. Y traté de explicarte que no estaba a favor ni en contra de las medidas, sino que estaba confundida. Y ahí, cuando no me contestaste nada, pero nada de nada, ahí supe que era el fin. Vos que me preguntabas qué tenías que contestar cuando tu vecina te mandaba mensajitos a cualquier hora. Vos, que no te contentabas con mi respuesta de “no hace falta contestar a todos los mensajes”. Vos, tan correcta y amable con tu vecina de morondanga, a mí me dejaste en el aire. Eso sí, para mi cumpleaños me saludaste. Bueno, ¿sabes qué? Te aviso: para tu cumpleaños no te voy a saludar. Te odio mucho. Ro

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