Miedos de la niñez

– de Mónica Cataldo –

Su madre echaba humo como una chimenea mientras consumía los cigarrillos Florida. Las mujeres que fumaban compraban esa marca porque eran suaves.

Todos los días, la Moni tenía que ir al kiosco que quedaba a la vuelta de su casa a comprar el atado de Florida para su mamá, porque de un día para el otro no quedaba un solo cigarrillo en el paquete. La niña, con sus siete años y todo el miedo del mundo, iba a hacer el mandado.

Miedo a los perros le tenía la Moni. Y los perros lo sabían.

—El miedo larga olor —le decían— por eso te siguen los perros. Porque te lo huelen al miedo.

En el momento de salir a la puerta de su casa para hacer la compra creía que le salía olor a miedo del cuerpo. Por la calle Cuevas hasta llegar a Díaz Vélez y doblar a la derecha, trayecto que debía atravesar, siempre andaban sueltos los perros. Cuando ella los veía, empezaba a correr para llegar al kiosco. Y sucedía lo que ella ya sabía, atrás corrían los perros ladrándole. Eran animales mestizos, de esos callejeros que suelen tener gran tamaño, ladrido ensordecedor, patas largas y carrera apurada. Pero ella corría más que los perros porque nunca la alcanzaron.

Usaba unas polleras tableadas que le cosía su abuela y con el vaivén de las tablas en la corrida se le veía la bombacha, pero no le importaba. También se le caían las medias. Eso le incomodaba más que mostrar los calzones. Trataba de levantarlas hasta la rodilla a la vez que seguía corriendo. Más de una vez tropezó con las baldosas flojas de las veredas, sin llegar a caerse. Por suerte. Si se caía iba a tener más olor a miedo y los perros la atacarían. Llegaba sana y salva al kiosco, pero quedaba el regreso. Permanecía un rato en el negocio. El vendedor le daba charla porque la Moni era una clienta conocida.  Mientras tanto ella reponía energías para la segunda carrera hasta su casa, esperando que se le fuera el olor a miedo del cuerpo. Entonces, una vez decidida, emprendía la veloz aventura de regresar al lugar donde se refugiaría de los perros callejeros. Volvía corriendo. Ella adelante y toda la jauría detrás.

Llegaba jadeando, pero era incapaz de desobedecer a su mamá o de contarle sus corridas en la calle. Le tenía más miedo a la paliza que a los perros. Un día su abuela Albina estaba en su casa y se dio cuenta de todo. Del mandado, del miedo a desobedecer a la mamá y del miedo a los perros. La abrazó como abrazan las abuelas, para enseñarle un conjuro contra el mal de los canes.

—Mirá, nena, cuando ves venir a los perros vos tenés que decir: “San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque”. La Moni, en la falda de su abuela, ensayó la invocación unas cuentas veces hasta que la aprendió.

—¿Con este versito ya no voy a largar olor a miedo y no me van a correr los perros, abuela? —preguntó La Moni.

—No, m´hija. San Roque les quita el olfato a los perros para que no te corran.

La niña siguió haciendo el mandado diario. Con cautela, arrimada a la pared, sin correr y siempre recitando la oración al santo que le quitaba el olfato a los perros. Además, para que la Moni no dudara de la virtuosidad y de los milagros, el buen San Roque se llevó los animales a otro barrio. Lo que ella nunca logró descubrir fue cómo era el olor al miedo.

6 comentarios sobre “Miedos de la niñez

  1. Me encantó! Excelente relato! Me produjo ternura, risa y dolor. También me identifiqué en la descripción del contexto. “Trataba de levantarlas hasta la rodilla a la vez que seguía corriendo..” ❤️ Hermoso

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  2. Que hermosísimo cuento, cuánto me hizo reencontrarme con mi niña interior, cuantas ganas de abrazar a esa abuela, cuantas ganas de pensar desde las infancias. Gracias Moni

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  3. Que bello relato! Tan descriptivo que se pueden oír las pisadas y los ladridos, el jadeo luego de la corrida y la seguridad del refugio que da llegar a casa nuevamente. Nada como un buen cuento para irnos un rato de las escrituras que nos dañan. Hermoso Mónica Cataldo, que vengan más de éstos !!

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