Mi encuentro con el mar

– de Sonia Melo –

En una playa del Uruguay comenzó todo…

Desde Posadas viajamos en barco, el Guaira. Parada en la proa miraba impaciente hacia el horizonte. El río Paraná no me asombraba…me acompañó desde que abrí los ojos. Nuestra vida transcurría sobre sus márgenes. El mar, en cambio, no podía explicarse.

Mis asombrados ojos de cuatro años no se cansaban de mirar esas olas inmensas en la lejanía que, sin embargo, al llegar a mis pies, se volvían mansas y los cubrían con ternura. El día estaba nublado, aunque el sol brillaba en el corazón, en la mirada, en las manos que bailaban a su compás. El sonido del mar con su rítmico y ronco golpear no se detenía jamás, como si fueran los latidos necesarios de un corazón.

Oía la voz de mi padre: ¡salta! ¡salta! Y yo, obediente por primera vez, lo hacía.

No muy lejos, mi abuela paterna con sus ojos claros que se volvían casi agua, controlaba que no nos alejáramos. Se arrebujaba en un saco grueso, insólito para ese lugar. Recuerdo su consejo: “Si tienes abrigados los pies y la garganta, difícilmente te enfermarás”.

Mi hermanita jugaba tranquila como siempre, mirando de reojo al mar. Mucho no la convencía. Mi madre la tomó en brazos y la acercó al agua. Todo iba bien hasta que una ola descontrolada la mojó. Sus patadas y alaridos movilizaron no solo a mi padre, sino a los pocos turistas que se atrevieron a salir a la playa.

Ajena a la escena, yo continuaba la relación con mi reciente amigo. Relación que siguió a lo largo de mi vida con la misma o mayor intensidad. Me costaba intimar con las personas y los animales, con el mar era algo diferente. Tan inmenso y majestuoso, se volvía niño para mí. Era una amistad asimétrica, inusual. Jugábamos sin cansarnos y él me acercaba pequeños caracoles y piedritas transparentes que brillaban como si escondieran preciados tesoros. Limpiaba con cuidado sus regalos y los llevaba al hotel, donde los escondía en el placar.

La playa, con el mismo nombre de un conscripto que muriera al servir a la patria: Carrasco.  En su honor desapareció el servicio militar obligatorio. Cuando la volví a ver años después, no era la misma. Había perdido la magia de mis cuatro años.

Qué sensación placentera mirarme en los ojos de aquella niña que descubría el mar.

Aquel idilio con las aguas grandes que se iniciara hace décadas, continúa hoy con la misma fidelidad y el mismo arrobamiento.

2 comentarios sobre “Mi encuentro con el mar

  1. La mirada infantil le da proporciones inusitadas al mar que juega con la niña . El recuerdo conserva las imágenes y las convoca esa antigua fotografía . La mujer que es hoy conserva el idilio con el mar pero ya sin la magia de esa época .

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