La tía Elena

– de Susana Castro –

La tía Elena era una de las dos hermanas de mi abuela paterna, que ya vivían en Buenos Aires cuando mi padre migró desde Galicia en mil novecientos cincuenta. La otra se llamaba Delfina, pero falleció muy joven y no llegué a conocerla. En cambio, con Elena tuve un vínculo fluido en dos momentos bien diferentes, pero igualmente intensos de mi vida: la niñez entre los seis y los diez años y después a los dieciocho, cuando empecé a independizarme. Recién en la segunda etapa entendí cabalmente que no era “mi” tía, sino mi “tía abuela”, parentesco que tal como era nombrado por mi madre, tenía un sesgo de inferioridad respecto al primero.  Ella vivía con su esposo Leandro Leal en el octavo piso de un edificio de la calle Olazábal en Belgrano “a dos cuadras de Cabildo” como le gustaba precisar; un departamento pequeño de dos ambientes que tenía una terraza enorme en el frente y otra mucho más grande en el contrafrente del edificio. No tenían hijos y mi prima Lidia y yo, cercanas en edad e hijas únicas, ocupábamos de alguna manera ese lugar, aunque hoy no tengo muy claro de dónde saqué esa idea.  Eran los únicos de toda mi familia que vivían en el centro, dato que en aquel momento era bien distintivo según los comentarios de los adultos.  

Durante varios años, los domingos cada quince días, rigurosamente, mis padres y yo los visitábamos en Belgrano.   Nos levantábamos temprano porque la visita empezaba con el vermú a las once. Tomábamos el tren hasta Liniers y después el 80 hasta el departamento, una travesía en la que generalmente yo terminaba vomitando. Llegaba pálida y algo despeinada pero siempre contenta porque cuando desde la ventanilla detectaba en la geografía del barrio señales conocidas que me indicaban la proximidad de nuestra parada, mi imaginación volaba al centro de la pequeña cocina donde la tía Elena me esperaba siempre con un regalo dulce y rico en las manos. Era un juego que había empezado de manera casual, tal vez el día en que ella detectó el tamaño de mi asombro cuando   entré corriendo y la vi parada sobre sus tacos altos al lado de la heladera con una torta de chocolate y picos nevados de merengues entre las manos. Era delgada y muy bajita. Siempre estaba peinada con un rodete alto que le dejaba el pelo brillante como englobado, efecto que terminaba de redondear su cara siempre maquillada, siempre sonriente.

Yo solo había visto el tipo de postres y dulces que Elena preparaba para nosotras en la vidriera de una confitería de Flores en la que mi madre siempre se detenía a mirar cuando íbamos a hacer un trámite al banco que quedaba en la esquina, y aunque no sabía los nombres, esta referencia me indicaba que eran especiales. También los objetos de su cocina eran exóticos para mí: en su alacena que era muy pequeña, había muchos frascos de vidrio con ingredientes como semillas de amapola y de anís,  amarettis, confites de muchos colores,  guindas y  una variedad de chocolates que podíamos elegir para la hora de la merienda. Ella lo preparaba muy espeso y nos pedía que probáramos uno distinto cada vez para ir conociendo las diferencias, decía.   En ese mar de sabores que era su cocina recuerdo particularmente una lata roja cuadrada de donde sacaba unos merengues crocantes en la base y blandos en la superficie, que nunca volví a probar en mi vida.

Aquellos eran domingos larguísimos en los que mi prima y yo llegábamos siempre sin apetito al almuerzo de los grandes, abarrotados   de dulces el intestino y el alma. En mi caso, además, a eso se agregaba como rutina el cruce de miradas entre mi tía y mi madre, sonriente y satisfecha la primera, indignada la segunda. Yo percibía el malestar entre ellas en esos gestos pequeños, o en las conversaciones entre mis padres en el viaje de vuelta, pero a los seis o siete años, tenía otros intereses más poderosos que venían recubiertos con crema, fondant o merengue italiano. 

Entre dulce y dulce, Elena nos dejaba jugar en su dormitorio o en la terraza. Entrabamos y salíamos entre uno y otra por la ventana, algo que a ella le divertía mucho y a nosotras nos evitaba pasar por el comedor donde estaban los grandes.   Nos disfrazábamos con sus zapatos de tacos muy altos, sus pañuelos de colores, sus blusas suaves y estampadas y sus sombreros, prendas que claramente marcaban otra diferencia con las que podía encontrar en el ropero de mi madre.  

Nos dejaba usar el winco en el que con mi prima poníamos casi siempre  el mismo disco de una comedia musical de  Barbra  Streisand  y a ese ritmo  alternábamos el protagónico frente al  espejo que ocupaba toda la puerta. Cada tanto asomaba la mano de Elena que nos alcanzaba un lápiz labial o una sombra para los ojos. A veces la dejábamos entrar y se sentaba en la cama a contarnos acerca de sus paseos por Cabildo, con detalles en la descripción de los negocios donde compraba los ingredientes para cocinar, su ropa y sus zapatos. Yo la escuchaba extasiada y escribía en mi lista imaginaria de deseos para cuando fuera grande, el de conocer Cabildo. En esos momentos siempre   me detenía un rato a mirar una foto suya que dominaba el centro de la cómoda y parecía recortada de la tapa de una revista donde se la veía con el rodete alto y la mirada marrón apuntando al visitante.  

Su marido la llamaba “nena” con una voz muy dulce y a mí eso me sonaba extraño o ajeno, igual que el contenido de la alacena o de su ropero.  Ella le llamaba Leandro y cuando fui creciendo y algunas veces me quedaba a dormir, descubrí que cuando se enojaba, lo llamaba por el apellido, Leal, y lo hacía dormir en la terraza. Decía que era porque hacía calor y para que no estemos apilados en el dormitorio, pero   mi madre pronto empezó a ser más explícita conmigo y me contó que él era un jugador empedernido de naipes y que cada tanto se pasaba la noche entera con los amigos, jugando, entonces Elena lo castigaba haciéndolo dormir en la terraza, aunque fuera pleno invierno.

Durante mucho tiempo la sinceridad brutal de mi madre no logró opacar la experiencia de mis estadías en ese departamento, donde mi mundo se llenaba de imágenes y estímulos tan diferentes a los de mi casa. En forma progresiva, Elena comenzó a contarme historias. La primera fue acerca de cómo aprendió a cocinar en la casa de un marqués de Madrid, donde vivió un tiempo como invitada especial antes de conocer a su esposo. Fue el primer y último de sus relatos que compartí con mi madre, ya que ella tenía otra versión y no dudó en desmentir la original con su risa burlona: mi tía había aprendido a cocinar trabajando como una de las ayudantes de la cocinera principal de ese marqués, en tiempos de la guerra. Aunque mi madre no pertenecía a esa familia, reinterpretaba la novela familiar (de mi padre), afirmando que Elena había abandonado a los suyos que resistían en su pobreza rural, para probar una suerte dudosa en la ciudad.  Yo sabía que mi madre también había sido muy pobre —más pobre que mi padre como se encargaba de aclarar siempre que podía— y que sus primeros años de vida habían transcurrido en otra aldea rural gallega. Pero   en la época en que yo era una niña, esas informaciones aparecían de manera imprecisa y fragmentada en boca de los adultos, y no era posible siquiera   intentar hilvanar esos retazos que ellos nos contaban acerca de su pasado.         

La tía Elena avanzó en su gusto por compartir historias.   Con el tiempo llegaron las de las vecinas de su edificio:   cada noche que me quedaba a dormir en su casa, luego del paseo imaginario por Cabildo, me contaba un cuento diferente y todos transcurrían allí: en el cuarto B, en el primero C o en el quinto A.  Yo conocía en parte esos lugares porque había visto las puertas con la letra estampada en dorado cuando alguna vez acompañaba a mi tío en su recorrido por los pisos, subiendo y bajando con el ascensor en cada uno, donde dejaba unos sobres que deslizaba por el piso hacía el interior de cada departamento. Ese conocimiento era suficiente para acompañar el relato que a través de la voz de mi tía se desplegaba puertas adentro.   No recuerdo el contenido, pero sí la lógica que los identificaba: en todos había una mujer sufriendo, generalmente por amor, y ella estaba ahí para dar una mano.  Yo en general me dormía en la parte del consejo que era larguísimo y aunque siempre me despertaba con la sensación de que me había perdido el final, no hacía preguntas, porque así era el juego que jugábamos en esa etapa ella y yo.

Es difícil señalar el momento preciso en que dejé de ir regularmente a la casa de Elena y mucho menos las causas. Tal vez tuvo que ver con mi batalla adolescente, eso de  oponerme a las  salidas de los domingos, y en ese mar de confusión perdí de vista el lazo que  me unía a ella y  que recuperé años  más  tarde cuando empecé a  trabajar y a estudiar en el centro y mis tíos seguían siendo los únicos familiares que vivían ahí. Entonces, volví a quedarme a dormir allí algunas veces, a tomar chocolate espeso y a sacar merengues de la lata. Elena ya no hacía tortas pero aún contaba historias de sus vecinas y yo las escuchaba. Seguía hablando de Cabildo, pero no era ella la que iba de compras, sino Leandro o Leal, según el día. Nunca le dije que yo también había ido y que ahora sabía que era una avenida que quedaba a dos cuadras de su casa. Tampoco le conté que mi madre me había dicho hacía mucho tiempo que ese departamento de la calle Olazábal era una portería, que ellos eran los “porteros” —otra vez la acentuación peyorativa del término—  y que nunca habían podido ahorrar un peso para comprarse una casa propia como hacía toda la gente “cuerda”, porque él se  gastaba la plata  jugando y ella comprando ropa,  zapatos  y dulces para cocinar postres que le regalaba a las vecinas y que  tanto mal me hacían a mí  cuando era chica.

Elena y Leandro no tuvieron más salida que aceptar el ofrecimiento de mis padres de vivir en una casita pequeña que fue acondicionada para ellos en el fondo de su  casa en el conurbano  cuando los echaron de la portería después de la jubilación y  con la llegada de  los achaques y  la vejez. Ella nunca perdió el gesto de enojo con el que llegó y su disgusto por haber tenido que salir del departamento de la calle Olazábal, la muy desagradecida, que si no hubiera sido por ellos estaría en la calle o en un geriátrico de dos pesos, como le pasa a la gente que no es previsora y que no piensa en su futuro, dijo mi madre todos los días hasta que la tía Elena se murió, a los pocos meses de haberse mudado. Pero esa es su versión. Yo prefiero pensar que su enojo   era genuino, y que una mujer como ella no podía vivir en una casita en el fondo de otra casa, sin escuchar el ruido del ascensor yendo y viniendo cargado de historias, a kilómetros de Cabildo y de los propios sueños.

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