La Norita

-de Amalia Faerman-

¿Me dijieron que quería hablar conmigo, señor? Sí, señor, yo la conocía a la occisa, que en paz descanse, desde gurises… Sí, señor, nos criamo juntos en la estancia, güeno… éramos muchos gurise, era otra época ¿vio?, había muchas familias trabajando en la estancia; descué vinieron las máquina y la gente se jue yendo. La Norita viviá en el rancho más destartalao, pasando la casa Grande, ¿vio? , antes de llegar a la Cabaña. Sí, señor, vivía con tuita la familia: el Pocho, la Tita, y el Adolfito.

Se me hace que todo empezó con lo del Adolfito. El Adolfito no andaba con los demás, no, sempre andaba prendío a la pollera de la Tita, callao y con los ojo mirando pa arriba… al final se murió. Suerte pa ellos, porque el gurí no servía, pero el Pocho y la Tita se lo tomaron mal, ¿vio? Empezaron a dir a una reunione de esas de esperitismo con gente de la ciudá, esa donde dicen que los muerto se aparecen y dicen cosas. Un día el finao Adolfito le dijo al Pocho que le teniá que curá a los achacao pa que él pudiera descansar. Eso contó el Pocho. ¡Bah! pa mí que lo inventó, pero empezó a curar el empacho y la verruga. Denseguida empezó a venir gente a la estancia pa que le quitara el mal de ojo y le curara lo sabañone. ¡Hasta la hermana del patrón jue pa que le curara no sé qué historia, y la mujier del patrón le llevaba a las nenas pa que les tirara el cuerito! Ahí nomá’ empezaron a llamarlo el Pai… ¡Ah! ¡se nota que usté no e’ del pago!… No se enoje, señor, perdóneme usté la insolencia.  El Pai atendía los jueve. Cuando sonaba la campana cerraba el taller, porque él e’ el mecánico ¿vio?, y se iba direto pa las casa, tomaba unos mate con la Tita y empezaba a atender. Ahí ya tenía una casa güena que le dio el patrón, denfrente al taller. La gente empezaba a llegar a la siesta y hacían cola, debajo de lo ucalito, tomando mate pa pasar el rato. Descué empezó a vení tanta gente que la Tita empezó a dar número pa que la gente no tuviera que hacer cola y se pudieran desparramar deande hubiera sombra. Alguno traía la silla, pero casi todos se quedaban ahí parao, esperando con pacencia pa ver al Pai. Dentraban de a uno y si estaba muy enclenque el enfermo lo dentraban y descué lo dejaban solo. Todos salían como en babia. El Pocho pone cara ‘e güeno y engaña. Pa mí, en esos ojos de colores baila el Mandinga.  Yo le digo, no hay que mirarlo a los ojos.

Él dijo que a la Norita se la cuchillaron así ‘e feo porque en su vida deantes hizo no sé qué cagada que tienía que pagar, pero pa mí que jue él, señor, le digo que jue el Pai…

No señor, los domingo la gente se va temprano del boliche de la Norita. Con el Loco, el Rengo y el Negro Matuto nos quedamo un ratito más jugando a la baraja, pero igual me juí temprano, porque el lunes arrancabamo la vacunación en la estancia y a las seis había que tener ya juntada toda la hacienda en el corral… No señor, yo no ví nada. La Norita nos arrimó el frasco ‘e ginebra, enderezó las mesas y se jue pa dentro. Escuchamo unos grito y a la güelta andaba medio encabronada y nos echó a todos. Pa mí que el Pai le dio unos guascazo… No sé, señor, no sé qué le dijo el Loco… Ah, sí, yo andaba un poco mamao, pa qué le vua mentí, pero no andaba atacao ‘e la cabeza… ¡Pero no me enriede, hombre, déjeme pensar!… Ah, sí, al rato volví, pero pa buscar la gorra que me dejé, nomás, y denseguida me volví pa la estancia!

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