Amigas

-de Susana Castro-

Clara corre jadeante por una calle adoquinada de La Habana Vieja, escapando sin protegerse del vendaval de agua y viento que la obliga a cerrar los ojos. Se le tuercen los tacos y los tobillos, se le cae la mochila, pero sigue corriendo. Cruza la esquina a velocidad, pero en la bocacalle alcanza a torcer la cabeza y ve las olas furiosas que trepan varios metros arriba del malecón y estallan contra la avenida ahora desierta. Sigue corriendo, le falta el aire, le chorrean litros de agua del pelo y el vestido y a la vez siente un calor intenso y una sed atroz. Se despierta agitada con la garganta seca, enroscada en la sábana, tal vez gritando, no está segura. Se levanta a tientas para buscar agua. Su amiga Sonia duerme en la habitación contigua.  La tormenta es real pero no las alcanza, golpea con fuerza los postigones y los vidrios de la vieja casona de El Vedado que alquilaron para pasar por primera vez juntas y solas sus vacaciones en Cuba.  Decide quedarse en el comedor acurrucada en un sillón, atraída por la luz de los relámpagos que se suceden sin pausa en el ventanal, provocándole una suerte de temor y emoción que se mezclan con las sensaciones que le dejó la pesadilla. 

Se da cuenta de que tiene el pelo húmedo y solo entonces recuerda que esa noche llegaron a la casa caminando varias cuadras bajo la lluvia. Ya se había desatado la tormenta cuando Sonia se levantó de un salto de la silla y le dijo que no podía pasar un minuto más encerrada en ese bar. Clara la escuchó gritar que quería la cuenta, pero eligió atajar las copas que rodaron con el impulso del cuerpo de su amiga antes que pedirle que bajara la voz. Habían tomado varios mojitos, habían hablado durante horas, abstraídas de esa verdadera marea de gente, música y euforia que reinaba en aquel lugar. Y Sonia se había enojado. ¿Con ella? No estaba segura tampoco de eso, pero junto con la duda le llegó como un rayo al centro de todos sus miedos el recuerdo de algo que ella le contó a su amiga aquella noche. Quiso espantarlo, pero se le acomodó como una uña encarnada y ya no la dejó en paz. Insomnio declarado entonces.

El viaje a Cuba era un plan que tenían desde hacía muchos años, pero Sonia solo se decidió a concretarlo cuando ya había pasado un año de la separación de su esposo. El día que se lo dijo, Clara, que conocía a su amiga, corrió para hacer las gestiones y reservas antes que le dijera que “mejor el año próximo”.  Sonia y su esposo habían transitado su relación de pareja y luego la separación, con la misma morosidad con que hacían todo el resto.  Pero Clara estaba convencida desde hacía tiempo que lo de él era pura puesta en escena y que su amiga, por el contrario, sufría intensamente el pasaje de un estado a otro. Se había apegado a ese modo de estar en la vida que llamaba “su matrimonio con Néstor”, que incluía momentos felices y otros muy dolorosos, con la convicción de que cualquier cambio abrupto le traería más sufrimiento. 

Sonia no podía dejar de hablar de él en ninguna circunstancia: cuando estaban bien y  resurgían los “proyectos” o cuando sentía renacer  en ella una desconfianza feroz que todo lo ponía patas arriba,  él ocupaba siempre una parte importante de su tiempo, sus preocupaciones y también de las de Clara que durante años    acompañó  cada una de sus idas y vueltas con todo el amor del que fue capaz, intentando  que no se le notara su creciente aversión hacia  ese hombre narcisista y por momentos despiadado  en el que se había convertido el marido de su amiga.  Solo se rebelaba con alguna opinión más elocuente cuando llegaba la parte en que Sonia se reprochaba por estar haciendo o no estar haciendo “algo” para estar a la altura de la evolución creciente de su marido o para combatir los celos injustificados que él le atribuía.   Pero en general, Clara evitaba decir algo negativo sobre Néstor, porque sabía que ante el mínimo gesto que su amiga percibiera como un ataque hacia él, saltaría enojada de su silla, como lo hizo la noche anterior en el bar, e inmediatamente comenzaría a justificarlo y después volvería a adorarlo. 

Poco a poco, Clara se perfeccionó en el arte de ser esa amiga que Sonia necesitaba y   tal vez fue por eso, que guardó durante tantos años la imagen de Néstor entrando en ese bar de la calle Corrientes y toda la secuencia posterior que ella miró hasta donde la furia se lo permitió, sin que él lo advirtiera, protegida por la amplitud y la arquitectura con recovecos del salón. Ni siquiera en el vendaval de culpas y miedos que Sonia atravesó para lograr separarse, Clara se atrevió a contarle aquella escena que prefirió descartar para siempre como una mala película, pensando que a su amiga no le aportaría nada a esa altura de los acontecimientos y que como un efecto no deseado podría desatar en ella un nuevo reproche hacia Néstor que solo la llevaría a una discusión larguísima, circular, de esas que ella padecía y él tanto disfrutaba.

Hasta que llegó la primera noche de bar y mojitos en la Habana y cuando la música ya calentaba los cuerpos y Clara empezaba a olvidar la mezcla de dolor y fascinación que les provocó a ambas la caminata diurna por Centro Habana y cuando ya habían mirado las fotos que se tomaron y se estaban riendo a los gritos de la increíble cantidad de anécdotas que una puede acumular en un solo día de viaje, ahí, justo en ese momento, Sonia mencionó a Néstor. Y entonces Clara, sin preámbulo alguno, le contó lo que había visto hacía unos años y en el mismo momento en que habló, se arrepintió de cada palabra y tuvo miedo, un miedo enorme, diferente a otros que conocía, imparable como la tormenta caribeña, porque la única manera de sosegarlo que imaginó en ese momento fue volviendo el tiempo atrás.   

Todavía llueve cuando Clara despierta de su breve sueño incómodo en el sillón. Se levanta despacio y comprueba que Sonia sigue durmiendo.  Siente un alivio que sabe provisorio. Piensa en el desorden que reina en la habitación que ocupa su amiga y mientras prepara el mate la imagina  buscando en una montaña de ropa la blusa que decida ponerse ese día. ¡Tan distinta a ella que casi no desarma la valija y siempre sabe dónde está cada cosa! La amistad entre ellas se había ido tejiendo —también— con la risa que el reconocimiento de esas diferencias les provocaba. Una ráfaga de aire que entra por la ventana abierta de la cocina le despabila el alma, le apaga el fuego de la hornalla y le reaviva el miedo. Igual el agua ya está caliente y no hay más excusas para postergar la charla con Sonia. Se dispone a llenar el termo y a despertar a su amiga. Quizás puedan hacer más tarde un plan de paseo con lluvia. Pero antes, hay que decidir si echan a Néstor de la casa. Y de La Habana.

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